La Nouvelle Vague est pas une vague (I)

Ciertos periodos históricos y/o culturales sobreviven envueltos en un halo nostálgico que los ensalza desde la posteridad. Tendemos a despreciar la época en la que vivimos, con la creencia de que la sociedad decae con su evolución: lo pasado resta mitificado en nuestro imaginario, que omite los conflictos para subrayar todo aquello que en la actualidad parece irrealizable. Algo tan insignificante, en el buen sentido, como las primeros compases de “With a little help of my friends” de Joe Cocker en Woodstock del 69 me parece infinitamente más sólido y trascendental que cualquier número musical del que pueda ser espectadora hoy en día. No entiendo los mecanismos, pero sospecho que tiene algo que ver con la inherente sociabilidad del ser humano. Eso es, la conciencia grupal, la plenitud que provoca el pertenecer a algo mayor que uno mismo, la satisfacción de hacer algo importante, de vivir y no solo sobrevivir.
Algo así ocurre con la llamada Nueva Ola francesa, período cinematográfico que las historias del cine consideran determinante y a la que se ha dedicado toda clase de estudios, análisis, etc. Muchos son los que estiman que el cine de la modernidad fecha de entonces, que antes de los jóvenes turcos del Cahiers du Cinema no existía una reflexión sobre la esencia del cinematógrafo, que el arte cinematográfico fue hasta entonces un mero espectáculo de masas. No creo que podamos juzgar algo a lo que no pertenecimos. El tiempo ennoblece las causas y silencia aquello que podría ser contradictorio, la visión objetiva es una utopía absurda.
Y entonces encontré un libro, no editado en España, en el que Aldo Tassone recogía un buen número de testimonios de cineastas, críticos, técnicos, etc. que participaron de aquel llamado movimiento. Y ellos mismos, todos aquellos que creyeron y quisieron cambiar el cine, desmitifican sus obras y sus ideas. Porque todos concuerdan en que la Nouvelle Vague no existió, que la única revolución fue la de Kodak al fabricar una película más sensible que permitió salir a rodar a la calle. Dice Claude Chabrol al respeto: “La Nouvelle Vague…nunca he comprendido muy bien a que se refiere la gente con eso. No fue nada… Realmente lo que ocurrió fue que, en un determinado momento, con la llegada de la película más rápida, unos tipos un poco más jóvenes que no tenían demasiados recursos tuvieron la posibilidad de rodar con menos dinero, en la calle o en escenarios naturales fuera del estudio, esto fue… […] Pero no teníamos una afiliación política, no conllevó ningún análisis de la sociedad de ningún tipo… En todo caso, no formábamos una escuela. Ahora me doy cuenta que éramos realmente infantiles… No teníamos una ideología común… […]” [1]
Sin embargo, esta desacralización aporta una mayor humanidad porque, en lo que a mí respeta, me doy cuenta de que, como joven y amante del cine, ellos no distaban tanto de mi, porque también sentían nostalgia del tiempo pasado: Henri-Langlois, fundador de la Cinemathéque Française, les sumergió en el desconocido microcosmos que es la sala de cine. Y fue allí dónde el pasado devino su presente y dónde empezó su lucha por darlo a conocer al mundo.
[1] CHABROL, C. en “Que reste-il de la Nouvelle Vague?”, por Aldo Tassone. Éditions Stock, 2003.
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