Alfred Hitchcock, el periodo británico (VI)

 

-La etapa sonora (IV) 

Un año antes de realizar El hombre que sabía demasiado (1934), y ya en las filas de la Gaumont-British, Alfred Hitchcock rodó Waltzes from Viena (1933), “un musical sin música”, según la propia apreciación del cineasta, que en ningún caso había elegido hacer y que no obtuvo reconocimiento alguno. Se encontraba, pues, en un momento delicado. Público, crítica y demás gentes del mundo del cine lo creían en una irreversible decadencia, navegando a la deriva. Una situación indeseable que él, no obstante, parecía ignorar. “Nunca me dije: ‹‹Estás acabado. Tu carrera está en baja››, y sin embargo, exteriormente, para los demás, era así”. Probablemente porque estaba inmerso, siempre autocrítico, en la reconsideración tanto de su trayectoria y obra como de los errores que apreciaba en sus últimas películas. Errores éstos –la pareja de actores protagonista en Rich and strange (1932) cuya magnífica historia desmerecían, o la negligencia acusada en sus postreros filmes (The skin game, 1931; Number seventeen, 1932)- que, sencillamente, no se podía volver a permitir.


 Es entonces cuando entra en escena un viejo conocido de Hitchcock, el hombre que le abrió las puertas al cine y que aparecía de nuevo para rescatarlo de su presunto declive. Se trata del productor Michael Balcon que ahora trabajaba para la Gaumont-British, y que encantado después de leer el último guión que había trabajado Hitchcock, se lo compró a la BIP (British International Pictures) y le propuso realizarlo. Con El hombre que sabía demasiado (1934) Hitchcock volvía al cine de intriga, al “thriller”, al suspense y la emoción que ya había practicado, aunque de forma menos elaborada, en títulos como Blackmail (1929) o The Lodger (1926) y que le habían dotado, a su vez, de mayor renombre.

Asimismo inicia, con El hombre que sabía demasiado, la etapa culminante del periodo británico donde se condensan las mejores obras de esta época, que no dejan de ser un anticipo tanto temático como estilístico de muchos de los filmes que realizaría en Hollywood. Por otra parte, esta película de la que el mismo Hitchcock haría un remake con James Stewart y Doris Day en 1956, resuelve sus problemas económicos, artísticos y también los puramente laborales, pues supone un éxito tremendo de taquilla y crítica que le devuelve gran parte de la fama y reconocimiento que parecía estar perdiendo en los últimos dos años con motivo de cierta desorientación que ahora, por suerte, se antojaba meramente coyuntural.

El punto de partida del film es el siguiente: Un matrimonio –Bob y Jill Lawrence- está de vacaciones en Suiza con su hija Betty. Allí conocen a un francés, Louis Bernard, que muere en brazos de Jill. Justo antes de morir, Louis le pide a Bob que entregue a las autoridades unos documentos importantes. Bob descubre que Louis es un espía británico y que los documentos contienen información secreta acerca de una organización terrorista que planea atentar contra un político extranjero de viaje en Londres. Al poco, Bob recibe una advertencia: si no se olvida del asunto, su hija sufrirá las consecuencias.

La narración transcurre con mucha fluidez: un progresivo desvelamiento de la intriga marcada por el azar y el suspense. El momento en que esperamos a escuchar el sonido del címbalo en el concierto en que se encuentra el político a quien la misteriosa organización pretende asesinar aprovechando el estruendo de dicho instrumento es todo un ejemplo de construcción rítmica y de cómo gestionar el deseo y la tensión para producir suspense. Previamente, el jefe de la banda y malo de la película –un elegante e inteligente Peter Lorre, características éstas no habituales en los villanos de la época- informa al espectador, al tiempo que a su secuaz, de en qué momento de la canción debe disparar. Con las cartas sobre la mesa, condicionado el público, la emoción y la incertidumbre aumentan gradualmente hasta estallar en el instante clave. Por aquel entonces, el espectador ya está con medio cuerpo dentro de la pantalla.

Existe una anécdota relacionada con el tiroteo final de la película que no quiero dejar de comentar por cuanto que uno de sus protagonistas es un personaje histórico por el que siempre he tenido mucho interés. Al parecer, esta secuencia estaba inspirada en un hecho real que se remonta a 1910. El “Asedio de Sidney Street”, comandado por un joven y brioso Winston Churchill que, por aquel entonces, era jefe de policía, se convirtió en un tour de force entre las autoridades inglesas y unos anarquistas rusos que se habían encerrado en una casa desde la que disparaban. En aquella época, la policía inglesa no llevaba armas y tuvieron que recurrir al ejército para intentar desalojar el piso. Un incendio fortuito terminó con todo el dilema. Sin embargo, el suceso devino una mancha en la historia de la policía inglesa y Hitchcock tuvo que arreglárselas para demostrar que no era costumbre de la policía ir armada. El cineasta preguntaba al censor ¿qué podía hacer entonces, si la policía no iba armada, para desalojar a los espías? El censor contestó que ¿por qué no utilizaba la bomba contra incendios? Sugerencia ésta que el propio Churchill había dado el día del tiroteo.

Curiosidades aparte, con El hombre que sabía demasiado, Hitchcock inauguró una lista de películas que además de reportarle gloria y notoriedad abriéndole de par en par las puertas a Hollywood, consolidaban ya un estilo muy personal al que todavía le quedaba mucho camino por recorrer.

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